No somos culpables de la crisis económica y del paro

España, país de picaros, negociantes y especuladores varios

Burbuja inmobiliaria

Burbuja inmobiliaria

Nadie nos cree en Europa: se duda de nuestra economía y de nuestro sistema financiero; se duda, y no se creen nuestras cuentas fiscales ni nuestras estadísticas económicas. El descredito aumenta cuando las comunidades autónomas dan cifras del déficit que no se corresponden con la realidad, para luego desvelar que este es superior al que decían (Comunidad de Madrid, de Valencia y de Castilla y León); y qué decir del sector bancario endeudado hasta la médula, y de cuyas cifras nadie cree en Europa. ¿Pero, qué hemos hecho los españoles para que nadie nos crea?, pues algo tan sencillo como comportarnos como unos pícaros, no decir la verdad y esconder la realidad. Una realidad, que no es ni más ni menos, que la elevada deuda privada que tienen los particulares con las hipotecas, las empresas con los créditos y la refinanciación de los mismos, y el de los créditos y refinanciaciones de la banca española con la banca extrajera y el BCE.

Al igual que el niño pícaro se comporta con los demás, mediante el engaño, la astucia, el ardid y la trampa ingeniosa (El Lazarillo de Tormes); bastantes empresarios (negociantes), banqueros y particulares se han comportado de igual manera en la última década. Aprovecharse uno mismo sin pensar en los otros, arrimándose a los poderosos para ser uno de ellos.

En España, ha habido y hay más negociantes que empresarios, y quieren seguir siéndolo. El negocio inmobiliario ha sido el gran maná con el que se han nutrido sus cuentas bancarias. Comprar baratos terrenos yermos o de labor con créditos baratos concedidos por una banca ávida de darlos; arrimarse a los políticos para que recalificaran sus terrenos; venderlos al mejor postor una vez recalificados como urbanizables, construir viviendas y venderlas a los particulares a precios de mercado (precios que marcaba la banca a través de las agencias de tasación) con créditos hipotecarios que les concedían la banca. La especulación estaba al orden del día, se disparaba el precio de las viviendas (compra hoy que mañana serán más caras, decían), los ayuntamientos hacían caja con los impuestos. La corrupción se instalaba en España. Los particulares entraban en el mismo juego, comprar para vender más caro a otros particulares, subrogando las hipotecas que a ellos les habían concedido. La economía crecía más que en cualquier país europeo, el empleo crecía y el consumo interno aumentaba, con lo que las arcas públicas también crecían, estábamos en el país de las maravillas. Pero el sueño ha acabado, la burbuja inmobiliaria ha explotado, y se debe lo que no está escrito.

Pero de esta situación no sólo se aprovecharon los negociantes inmobiliarios y los bancos, también se aprovecharon empresas relacionadas con la construcción que subían los precios de los materiales, ya se sabe la ley de la oferta y la demanda.

Y qué decir de todos aquellos que con la implantación del euro subieron los precios ¡Oiga, es el redondeo, nos decían!, la prensa o un café, por ejemplo, pasaron de costar 100 pesetas a 1 euro (166,386 pesetas), así, de golpe.

Ahora que las cosas van mal dadas para los negociantes inmobiliarios, estos quieren hincar el diente a los servicios públicos de la educación y la salud, y en esas estamos, ejemplos: Comunidad de Madrid y Comunidad Valenciana.

Aprovecharse uno mismo sin pensar en los otros, arrimándose a los poderosos para ser uno de ellos. Y luego se llaman patriotas. ¿Quienes nos va a creer en Europa?.

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